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 ..... ALGO MÁS QUE PALABRAS  .....
     
 

Víctor Corcoba Herrero
Escritor-Poeta
corcoba@telefonica.net

 
     
  SOMOS UN PROYECTO DE PAZ  
     
 

            
               Hemos convertido el mundo en una cubierta de sin razones, a causa de sangrientos conflictos, haciendo cada día más complicado transitar por los caminos de la vida de manera segura. El orgullo de quienes no ambicionan acoger es marginar, destruir, generar un infierno de desconciertos, donde nadie respete a nadie y todo se ponga en entredicho. Para desgracia nuestra, hemos olvidado que somos un proyecto de paz, no de guerra, y que a pesar de las dificultades halladas en el camino, somos un signo de ilusión. Por tanto, no podemos caer en la desolación y rearmarnos para sentirnos grandes, sino más bien hemos de ser inclusivos con todas las culturas, pues todos nos merecemos un lugar seguro donde vivir, además de que nadie puede ser considerado inservible, fuera de lugar o eliminado.

               Todo esto adquiere en el momento presente un significado especial, ya que cada día son más los moradores que se lanzan a la búsqueda de condiciones más humanas. No es extraño, subsiguientemente, que estos movimientos migratorios susciten en un principio cierto recelo y rechazo, pero tenemos que acostumbrarnos a ser personas hospitalarias, para que se activen las concurrencias entre análogos. Irremediablemente, hemos de entendernos y no vulnerar los derechos fundamentales a los que todos tenemos el deber de respetar.

               "La guerra en Afganistán no tiene solución militar y las partes deben unirse para encontrar alternativas políticas", lo acaba de afirmar recientemente el Secretario General de la ONU en Kabul. Todavía hay unas 600.000 personas sitiadas en Siria. Ante esta brutalidad, cualquier oportunidad es buena. Por tanto, las conversaciones de Ginebra del 28 de junio para buscar una salida pacífica negociada al conflicto en beneficio del pueblo sirio, es un motivo más para la esperanza. Confiamos que lo sea. 

               Trabajar unidos en ese proyecto armónico del que formamos parte todos, sin exclusiones, nos interesa a la humanidad en su conjunto. No es de recibo, por consiguiente, aglutinar maldades como forma de energía. Somos gente de vida, no de muerte. Queremos vivir. Deseamos cohabitar y convivir, y la mejor manera de hacerlo, es con disponibilidad de unos para con otros, sin levantar muros infranqueables. Por ello, es importante subrayar ese espíritu de cooperación/colaboración, mirando la realidad que nos circunda, desde una visión más hermanada, en la que todos trabajemos por la ecuanimidad. Que la paz, como dijo el filósofo Baruch Spinoza (1632-.1677), “no es la ausencia de guerra, es una virtud, un estado de la mente, una disposición a la benevolencia, la confianza y la justicia”. Ciertamente, no puede haber sosiego si nuestro sentimiento se vuelve egoísta, pues somos seres en relación, lo que nos exige un cultivo de solidaridad y de apuesta por una mentalidad que aliente y alimente a ensamblarse unos con otros, lejos de divergencias e inmoralidades.

               A propósito, hace tiempo que vengo reivindicando un cambio de corazón y un mayor compromiso de todos por la especie humana, de la que nadie puede ser separado. Si la desnuclearización de Corea del Norte es necesaria para asegurar la paz en el mundo y el Nordeste Asiático, también se requiere un mayor diálogo, en base a la reconciliación para activar la familiaridad y el anhelo, cuando menos entre todos. Otra de las urgencias, sin duda, es que hay que silenciar las armas en todos los continentes. Es nuestra gran asignatura pendiente. Hemos de declarar el comercio de armas en estado de quiebra total. Quizás sea el momento de aunar fuerzas entre todos los continentes, con el objetivo de avanzar hacia una apuesta por la concordia, más allá de nuestra identidad cultural. De ahí, la necesidad de avivar el respeto, la seguridad y la dignidad para todos.

               En consecuencia, debemos resistir frente al cinismo, pero también levantar nuestra voz ante el huracán de atmósferas discriminatorias que nos denigran a todos. Ha llegado el momento de construir puentes, de tender la mano y de abrazar sin miedo la defensa de los derechos humanos. Como sea, hay que hallar mecanismos que garanticen justicia para las víctimas,  sobre todo cuando el atropello sufrido equivalga a un crimen de lesa humanidad. El mundo ha de reformarse hacia acuerdos de equilibrio de derechos y obligaciones, asegurando una igualdad de condiciones. Al fin y al cabo, la cuestión es agruparnos para hacernos la vida más fácil, máxime en un período en el que urge incrementar la ayuda humanitaria en muchas partes del planeta. A poco que fomentemos la cultura del encuentro, y no del encontronazo, se conseguirá, porque hasta nuestra propia conciencia nos llama a la evolución de converger y conciliar cada día.

 

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net

 

 

 
     
  OJALÁ NUNCA DEJEMOS DE SER POESÍA!  
     
 

             
               Todo se verifica en la palabra. También nuestra propia historia, unida al lenguaje melódico del universo. Cuesta entender, por tanto, ese afán de viciar, inclusive nuestras entretelas. Cada latido es único, nosotros también. Lo vital es hacer comunidad, donde siempre habrá un lenguaje que nos rescata y nos reintegra. Es cuestión de poner oído y ser más clarividentes. Para empezar,  la atmósfera no puede estar más anclada en la ordinariez. Tanto es así, que se ha desvirtuado totalmente la familia por muchas proclamas que se hagan, pues no pasamos de los deseos a las realidades. El interesado dinero todo lo acapara y el centro de la vida social es el egoísmo sobre todo lo demás. Por eso, es muy importante conciliar sueños y recuperar el auténtico amor a través de la ilusión de cada amanecer.

               ¡Ojalá nunca dejemos de ser poesía para los nuestros!. Sí, para nuestros progenitores  y también para nuestros descendientes. Ha llegado el momento de conciliar léxicos con silencios, de tener tiempo para amar y de olvidarse de uno mismo para donarse, de construir un hogar donde descansar del ajetreo diario, de aprender a ir más allá de nuestras propias necesidades para reencontrarnos con nosotros y los nuestros, cuando menos para ser más generosos y despojarse de esta cultura de lo efímero, que todo lo borra a su antojo. Aún así, podrá no haber cantautores, pero siempre habrá inspiración para recordar.

               Sin duda, nuestro mundo necesita referentes de estirpes perdurables, donde todo se armoniza; familias sanas y unidas que han hecho de su vida un encuentro con la poesía, pues todo lo embellecen con sus acciones sustentadas por el perdón permanente y la viva pasión de custodiarse unos a otros. Siempre el nosotros en la boca del alma, respetando y respetándose, proclamando la poética de toda vida humana desde su concepción hasta el fin del trayecto. ¡Qué gran sueño para la sociedad vivir en linaje, sin exclusión alguna!. Para desgracia nuestra, la coherencia ha dejado de ser un valor en nuestro caminar. Todo se mueve en lo inestable. Hemos borrado de nuestras vidas la balada y la voz, la ayuda espiritual y nos hemos despojado de la sólida guía moral, hasta convertirnos en verdaderos destructores de nuestra  propia lírica de fidelidades y entusiasmos.

               De nada sirve que Naciones Unidas, en su resolución del 17 de septiembre de 2012 haya declarado el 1 de junio como Día Mundial de las Madres y de los Padres, ya que hay un interés a que todo se resquebraje, a que todo se separe, se rompa y se repudie. El poder de la falsedad impide que podamos ser esa estrofa de manos limpias, de corazón puro y de horizontes claros, para poder ofrecer a los nuestros la ternura del abrazo. Nuestros interiores están corrompidos y así no se puede avanzar en comunicación, deshumanizándonos hasta el extremo de que cada día la convivencia familiar es más temible y terrible. Fiel a la poesía, donde un vocablo es una raíz de verdad, la idea se conjuga con otras, sin imponer nada, pero de manera acorde al mundo de los valores, de los que no podemos desmembrarnos. Por consiguiente, tenemos que proyectar un mejor orfeón, evitando fortalecer desamores, de manera que podamos  ser más constructores de cadencias.

               En estos momentos, de tanta incomunicación y aislamiento, es más necesario que nunca crear espacios de concordia para comunicarse pulso a pulso, o lo que es lo mismo, corazón a corazón.  Saber perdonar y sentirse perdonado es una experiencia única, que en familia, ha de convertirse en algo diario. Los humanos, que somos tan frágiles como el cristal, necesitamos el apoyo y el sostén del acompañamiento en todo camino. Al fin todos nos reforzamos con el poema, incluso más allá de la muerte permanece ese espíritu familiar, de comunión trascendente, pero que está ahí, invitándonos a glorificar toda existencia humana. En consecuencia,  es la respiración la que nos anima a ser parte del verbo, donde todo ha de conjugarse familiarmente, a pesar del tiempo y las edades, para que nadie se sienta solo. Desde luego, es una honda experiencia poética contemplar que tras un verso, está el siguiente, y tras éste, el que le sigue... y, que al fin, la poesía es el presente, pero también la eternidad. Quiera nuestro autor existencial que la descubramos, porque será que nos hemos vuelto tan genuinos como veraces.


Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net

 
     
     
  TOCA ENSANCHAR EL CORAZÓN  
     
 

...............El mundo necesita unirse y reunirse para solucionar los muchos trances que nos acorralan. Todo ello, hemos de hacerlo de manera conjunta y dialogada. Ciertamente, acortadas las distancias entre nosotros, nos falta fusionar culturas hasta hermanarse; porque, si en verdad queremos prevenir inútiles contiendas y preservar lo armónico, hay que reorganizarse, rehacerse y renacerse como humanidad reconciliada. Sea como fuere, debemos pasar página y reforzar la confianza entre nosotros. En consecuencia, alistamos una necesidad de que la ciudadanía se halle así misma y todo se ponga a su servicio, mediante el activo de una cultura inclusiva y de justicia, igualitaria, que dignifique a todo ser humano, cualquiera que sea su creencia, raza, sexo, posición económica u otra condición. Ya está bien de tantos desprecios discriminatorios hacia nuestros análogos. Ha llegado el momento de cobijar y auxiliarse, de enfundar las espadas de los unos contra los otros,  de establecer el lenguaje del respeto ante todo y sobre todo y en todas partes, de recuperar la gratuidad como abecedario de una globalizada civilización del encuentro, y no del encontronazo, ni de la venganza. Sin duda, toca ensanchar el corazón para poder vivir una vida más profunda; y, de este modo, reencontrarse con el vínculo de la amistad y la apertura hacia nuestros semejantes, desde la más genuina libertad y en un ambiente seguro de su persona.

 
 

              

               También se requiere de otro mundo más activo con la vida de todo ser humano. Ninguna energía puede eclipsarse a nuestros ojos. Aquí también nos falta agrandar el alma, pues corrompida la civilización humana, nada tiene sentido, ni armoniza. Desde luego, tenemos que entender la vida de otro modo más condescendiente, incluidas nuestras propias relaciones, pues han de tener otro espíritu más generoso. La guerra de los poderosos contra los débiles es algo absurdo y arcaico. Debemos de superarlo de una vez por todas. Somos una generación pensante. Pues humanicemos ese pensamiento. Por desgracia, si la eliminación de la vida naciente o terminal suele enmascararse de falsedades y egoísmos, los que viven en pleno desarrollo de sus potencialidades, tampoco lo tienen fácil bajo esta degradante atmósfera, de tenebrosa ceguera moral. Hace falta, como el comer, el injerto de una ética que ponga en valor la vida en todas sus etapas. Me niego a que la cultura de la muerte nos gobierne. Somos un ser viviente en movimiento, de ascendientes y descendientes, con el convencimiento de que nadie es un despojo. Aún hay muchos países que desconocen las causas de enfermedad y muerte de su población. Indudablemente, esto constituye un problema a la hora de evaluar el impacto de las políticas sanitarias y de asistencia.  

               Los moradores de este mundo, y más sus líderes, no pueden cruzarse de brazos y permanecer indiferentes ante situaciones verdaderamente bochornosas para una civilización que nos decimos humana, ofreciendo estampas verdaderamente salvajes. A los datos me remito. Más de un millón de adolescentes mueren cada año por causas que se podrían paralizar. La Organización Mundial de la Salud, acaba de vociferarlo: "que podrían evitarse a través de mayores inversiones en servicios de salud, educación y apoyo social". A este calvario de muertes hay que sumarle el número de abortos o de prácticas de suicidio asistido, cuestión verdaderamente escandalizadora. Al fin y al cabo, todos deseamos vivir, y las peticiones abortistas o de muerte, suelen suceder por falta de humanidad, de apoyo psicológico y afectivo. En demasiadas ocasiones, olvidamos que son las asistencias a los que sufren, lo que nos humaniza y nos hace ser mejores personas. Ahí tenemos este clima de deshumanización, viciándonos como jamás, en parte debido a nuestra pasividad. Con otro corazón  más fraterno, se disipa y vence cualquier ambiente de soledad, o la tentación de desesperación que cualquiera de nosotros podemos sufrir mañana mismo. A veces, nos falta esa mirada de amor y nos sobra esa otra visión de altanería, que nos ciega e impide formar parte de una existencia realmente asistencial y coexistida, estimando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que todo ser humano, por ínfimo que nos parezca, no se vea constreñido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión.

               Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net

 
     
     
  TIEMPO DE GRATITUD Y GRATUIDAD  
     
 

TIEMPO DE GRATITUD Y GRATUIDAD
(ANTES DE QUE NOS GLOBALICE LA CATÁSTROFE)

 

               Nunca es tarde para poner en valor la gratitud y que reverdezcan los horizontes de la vida. Mostrar agradecimiento es lo propio de un ciudadano de bien, dispuesto a sentir el gozo de la interdependencia entre las personas y la variedad de especies con las que compartimos nuestro andar. De ahí, la importancia de protegernos unos a otros y de alumbrar la emoción de la poesía que nos alienta. Ojalá aprendamos a embellecernos con la bondad de unos y de otros, a ser cada día mejores con la esperanza de un porvenir mejor para todos, y a desvivirnos por la Madre Tierra y la Familia Humana.

               Así, con mayúsculas, la Tierra es la casa colectiva, en la que no han de consentirse privilegios alguno, sino justicia para todos. Al igual que cada árbol cumple su función en la biosfera, también deberíamos hacerlo nosotros como seres humanos, preocupándonos mucho más por nuestro hogar común. Por otra parte, la frágil estirpe debe tomar el firme propósito de ser más caritativa, más respetuosa con la poética de la creación y hacer un uso moderado de las cosas. Quizás nuestro descontento, por aquello de lo que escaseamos, proceda de nuestra falta de reconocimiento hacia lo que tenemos. Sería saludable, por consiguiente, hacer un serio examen de conciencia y llenos de arrepentimiento, activar un cambio de modos y maneras de vivir, a fin de mejorar, ya no solo nuestros habitables espacios, también la convivencia, o lo que es lo mismo, el sencillo arte de vivir como hermanos.

               Asimismo, la gratuidad en una época de tantos intereses de conveniencia y recompensa, merece ya no sólo ser considerada, también vivida. En ocasiones, olvidamos que lo transcendente en nuestra existencia nos llega gratuitamente a poco que abramos el corazón. Tantas veces pensamos que todo gira alrededor nuestro, pues no percibimos la donación como entrega desprendida, sino que practicamos la vanidad en cualquier rincón del camino, dejándonos al descubierto hasta nuestro amor propio.

               Por desgracia, nos hemos acostumbrado a que todo es cálculo y medida, precio y posesión, algo que no puede concebirse en un mundo en el que todo nace porque sí, y en el que nadie se lleva nada consigo. En el jueves santo, precisamente, la iglesia católica celebra la generosidad por excelencia, como una superabundancia de compasión y clemencia, de luz y caridad fraterna, sabiendo que al atardecer de nuestra existencia seremos examinados del amor. Recordemos el gesto del Señor de lavar los pies a sus discípulos como un acto de afecto y servicio. Al día siguiente, con la pasión y muerte, lo envolverán todo en tinieblas y oscuridad, como si el poema de la vida se borrase de nuestro iris viviente. No obstante, cuando todo parece haberse derrumbado en la nada, surge el día y prevalece como un floreciente verso, cuando el Padre arranca a su Hijo amado del abismo de la muerte, bajo una atmósfera verdaderamente embellecedora, tras derribar todas las barreras del odio. De igual forma, los no creyentes han de aprender de este don de la naturaleza, de esta fuerza armónica, a cooperar con sus análogos de modo constructivo. Sin duda, este es el primer pulso en el camino de la transformación.  

               Bien es verdad que para este cambio se requiere un creciente consenso entre toda la especie humana. Por ello, conscientes de la tremenda realidad de contiendas sembradas por el mundo, se me ocurre pedir más diálogo y menos amenazas, más conversaciones y menos silencios, tal vez una justicia universal, con una autoridad universalmente reconocida y aceptada. Todo esto, también nos exige a los humanos, un mayor compromiso de acciones conjuntas activadas desde la gratitud y la gratuidad, lo que acrecienta la amistad entre pueblos. Hoy más que nunca nos hace falta aglutinar sosiego, pero también empujar lenguajes comprensivos que mermen las tensiones mundiales, que mal que nos pese, están aumentando considerablemente. También se acrecienta el número de seres humanos que viven con miedo crónico y necesitan terapia, muchos de ellos niños.

               Subsiguientemente, deberíamos mirarnos más en nuestra historia y perseguir un coloquio entre culturas más inclusivo, respetando en todo momento la diversidad y nuestras diferencias, escuchándonos más y mejor, sobre todo poniendo empeño en los acercamientos de unos y otros, con un espíritu de compromiso y flexibilidad. Sea como fuere, necesitamos reencontrarnos como humanidad antes de que nos globalice la catástrofe, ya que todos somos necesarios e imprescindibles. El fortalecimiento de las normas internacionales es un avance fundamental, ha de serlo por muy difícil y largo que sea el pasaje de la paz. En cualquier caso, nadie puede actuar a su antojo, con total impunidad, violentando los derechos humanos. No sigamos, en consecuencia, destruyendo el espíritu humano de la concordia, que nos pasará factura más pronto que tarde.

               Ciertamente, lo armónico hace crecer las pequeñas cosas de cada día; la discordia, sin embargo, todo lo arruina. Al fin uno siempre recuerda, con cierta dosis de gratitud, aquellas gentes que impulsaron en nosotros buenos sentimientos, como el de la gratuidad sin negocio. En un mundo en el que todo se compra y se vende, por momentos hasta la propia vida humana, es bueno que las culturas diversas huyan de ese afán mercantilista, principalmente en cuestiones de principios. Lo decía el inolvidable científico alemán, nacionalizado estadounidense, Albert Einstein (1879-1955): "Al principio todos los pensamientos pertenecen al amor; después, todo el amor pertenece a los pensamientos". En efecto, uno vive con las ideas, las comparte ofreciéndolas de manera franca y noble, a la espera de que  puedan contribuir a una atmósfera de alianzas, siempre y cuando cohabiten mentes abiertas.

               Con frecuencia, pensamos que solamente nosotros tenemos razón, y apenas hacemos nada por entender otras reflexiones; es la idolatría del propio pensamiento: yo lo pienso así, esto debe ser así y punto. Pues no, la vida es algo más que un lenguaje único, que un corazón con un abecedario, por muchas titulaciones superiores que poseamos. Hay que ser humildes, tanto como el polvo del camino, y ver que los endiosamientos nos han degradado como personas. Está visto que paso a paso, podemos hacer más entre todos, para cimentar nuestro acontecer diario en valores comunes de igualdad y dignidad humana. La exclusión no es de recibo, tampoco es de justicia. Defender los derechos humanos, estemos donde estemos, va en congratulación de todos.

               Estoy convencido de que si practicásemos más la gratuidad con nosotros mismos, viviríamos mejor, al  menos con menos fraudes, pues uno siempre ha de poseer el privilegio de ser uno mismo para no ser absorbido por la tribu del dividendo, que utiliza el "tanto tienes, tanto vales". Uno tiene que interrogarse en libertad siempre, y tener tiempo para poder asombrarse, tanto de sus propias ideas como de las que le llegan. También la sabiduría es un don que nos permite discernir lo verdaderamente transcendental de lo secundario, especialmente en un mundo de tanta ausencia de amor y de respeto a la vida, al prójimo y a toda la creación. Sin duda, es saludable el mensaje de donarse, de salir de uno mismo, de abrazarse al mundo y a la humanidad. Juntos, al fin, defendamos con gratitud y gratuidad los derechos de los demás, hoy, mañana y siempre.

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net

 
     
     
  LA APUESTA POR UN DIÁLOGO SINCERO  
     
 

               Hoy el mundo necesita resolver el campo de los conflictos por la vía del diálogo y la comprensión, puesto que la violencia jamás resuelve contienda alguna, ni siquiera aminora sus consecuencias catastróficas. A poco que nos adentremos en nuestra historia veremos que el recurso a las armas lo único que ha generado es más dolor, más derrota de la razón, más fracaso de la humanidad. Es hora, pues, que aprendamos a dirimir las controversias por la vía del entendimiento, de la racionalidad y del consenso.  De lo contrario, activaremos un mundo salvaje en el que todos estamos amenazados por la globalización del terror.  Frente a estos sembradores de la locura del caos, se requiere serenidad, sosiego y mucha calma, para tomar el valor preciso y la valentía necesaria, a fin de poder detener a estos lobos destructores de vida. No podemos perder más tiempo en discursos vacíos, la especie humana corre peligro de extinción en batallas inútiles. Con el camino recorrido hasta ahora, y totalmente globalizados, solicitamos armonizar diferencias, establecer pautas de concordia, abrir fronteras y detener a los sembradores del miedo.

               Mirando nuestra realidad actual, toca hacer justicia más allá de las palabras de la ley, dignificando a todo ser humano; y, sobre todo, escuchando más. La base sobre la cual construir la paz, algo verdaderamente necesario para acrecentar una convivencia más humana, demanda en primer término un silencioso diálogo del alma consigo mismo entorno al ser, y después poner oído para comprender lo que se piensa. A renglón seguido, es fundamental que la moral y la ética estén presentes en todas nuestras transacciones. Si los líderes del mundo no contribuyen a ejemplarizar los mercados, así como a socorrer a toda persona, sólo se estará ayudando a que se acreciente la corrupción y a aquellos que, como el ISIS y Al Qaeda, usan estos argumentos para reclutar a más gente para poner en riesgo la seguridad planetaria. Hemos de ser solidarios, ya no solo con los refugiados, también con los pobres y los excluidos. Tenemos que superar egoísmos, intereses de grupos, individualismos. Ya no podemos tolerar tantas desigualdades, tantas injusticias sembradas. El tiempo se agota para multitud de seres indefensos, en este caso para más de un millón de niños en el noroeste de Nigeria, Sudán del Sur, Somalia y Yemen, acaba de advertirlo el Fondo de la ONU para la Infancia, UNICEF.

               En el corazón de todo diálogo sincero está siempre la deferencia por el otro, la consideración y el afecto por nuestro análogo. Algo que hay que propiciar desde la misma familia (para hacer familia), y desde la escuela (para sentar conciencia), ya que es algo más que un intercambio de ideas, es una manera de acercarse para confrontar diversos puntos de vista, y así poder examinar aquello que nos une y aquello que nos separa. Desde luego, los derechos humanos han de ser el abecedario de todas las políticas. Lo acaba de subrayar la presidenta de Chile, Michelle Bachelet ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU: "para alcanzar la paz y la seguridad, así como el desarrollo sostenible se debe poner la dignidad y los derechos de las personas al centro de las políticas y las decisiones de los gobiernos". Sin duda, esto exige poner más atención, mayor sintonía ante las quejas de los ciudadanos, mayor deseo de tender la mano hasta el fondo del que nos necesite, pues la comunión surge del diálogo fraterno. No lo olvidemos. Si en verdad queremos llegar a la plena armonía, hemos de avivar en nosotros el espíritu más intercesor.

               Bajo esta perspectiva conciliadora que nace del auténtico diálogo, toda la comunidad mundial está llamada a adoptar lenguajes  de confluencia. No hay otro modo de humanizarse que el respeto a una convivencia en el que todo está conectado; y, para esta conexión, lo que menos falta hacen son las armas, y sí la confianza entre todos y la cooperación (colaboración) como acción recíproca. Quiero pensar en la gran formación de las generaciones venideras para reconducirnos ( y no destruirnos), a otra atmósfera de menos intereses y de más donación entre los humanos. Para empezar, es hora de poner fin en el mundo a las armas nucleares. No tienen sentido en un planeta, con una ciudadanía, dispuesta a la construcción de un mundo hermanado por el diálogo. Hagamos borrón y cuenta nueva.  Reconciliémonos, ¡pero ya!. Sabemos que la guerra es la negación de todos los derechos y un asalto dramático a toda vida. Sin embargo, el diálogo es la afirmación de nosotros mismos y un pulso al verso, que sostenemos en forma de latido al respirar, para acrecentar el poema de la existencia. La opción está clara, ¿o no?

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net

 

 

 

   
  ANDAMOS NECESITADOS DE ENERGÍA CONSTRUCTIVA  
     
 

               Acomodarse a las situaciones contradice nuestro propio espíritu de sabiduría y bondad, lo mismo que aprender sin reflexionar es como malgastar el tiempo. Digo esto porque nuestro actual mundo tiene necesidad de energía constructiva para atravesar los muros de la indiferencia, de la marginación, y así poder avanzar hacia sociedades menos discriminatorias, más tolerantes y comprensivas. El ser humano tiene que dignificarse mucho más y cooperar en tender puentes que nos aglutinen. No puede quedarse parado. Por propia naturaleza somos seres en movimiento. Por otra parte, el dinero no lo puede ser todo, ya que lo único que hace es dividirnos y garantizar el privilegio de unos pocos. Por desgracia, el proceso de deshumanización de los moradores, lejos de retroceder, continua avanzando en ese afán de locura destructiva. La inmoralidad nos ha arrebatado el alma. Ante las tristes realidades del desempleo, de la violencia, de la pérdida de identidad, de la corrupción, de la falta de libertades y sentir democrático, andamos totalmente desorientados, y lo que es peor aún, sin ánimo para poder reconciliarnos con la vida misma.

               Convendría, pues, activar con intensa firmeza los deberes y derechos humanos, el buen decir y mejor hacer, o como el mismo San Francisco de Asís nos exhortaba a cada uno de nosotros, para que: “allí donde haya odio, que yo ponga el amor, allí donde haya ofensa, que yo ponga el perdón; allí donde haya discordia, que yo ponga la unión; allí donde haya error, que yo ponga la verdad” . Sería bueno pensar en esto, en llevar a buen término el propósito de amarnos, de perdonarnos, de unirnos desde la autenticidad. En ocasiones, los abrazos que deberíamos haber dado los ofrecemos tarde, mal y nunca. Olvidamos que necesitamos más compañía que soledad, más amor que pan, más vida que aduladores. A mi juicio, esto es lo prioritario, más allá del sueño de un futuro sostenible a través de una educación multilingüe, que no pasa por el corazón. Para dolor nuestro, somos una generación que siente poco y mal, que confunde e iguala al ser humano con otras especies e incluso con meros objetos sin alma. En consecuencia, deberíamos saber que el mejor servicio que podemos facilitar a los desolados no está en quitarles la carga, sino en injertarles el necesario brío para sobrellevarlo. Lo mismo sucede con la pobreza, es cuestión de justicia, no de migajas. 

               Quizás nos haga falta un nuevo ardor. Un arranque reciente del Papa Francisco, puede ayudarnos a ser más constructores de concordia. Lo acaba de advertir al mundo con su enérgico timbre: "las represalias no llevan nunca a solucionar los conflictos". Ciertamente, hay que poner voluntad en el cambio, que no ha de ser de desagravio, sino más bien de mediación. Sin duda, la manera de vengarse de un enemigo es no parecérsele. En esta misma línea conciliadora, el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres ha descrito recientemente al planeta como un lugar peligroso, donde presenciamos una multiplicación de nuevas luchas y la perpetuidad de viejos enfrentamientos que nunca acaban, como Afganistán y Somalia. Está visto que al igual que la política es el arte de engañarnos, también las guerras conllevan esa vertiente destructiva que nos deja en la soledad más cruel.

               Sea como fuere, la situación del mundo no permite cerrar los ojos ni un instante. Uno tiene que estar en guardia permanente para renacerse a sí mismo, también para convencerse de lo mucho que uno puede hacer por alentar lo armónico a través de ese respeto natural que todos nos merecemos, empezando por nuestra envoltura externa y nuestros interiores. Está claro que necesitamos querernos. "El querer lo es todo en la vida. Si queréis ser felices lo seréis. Es la voluntad la que transporta las montañas", dijo el inolvidable ensayista francés Alfred Victor de Vigny (1797-1863). Por ello, también hay que tener pujanza para  abordar con carácter positivo la fragilidad de gobiernos y apoyarles, cuando menos para hacer más habitable el entorno humano, o sea, más armónico el orbe. Lo mismo sucede con los sembradores del miedo, para contrarrestarles no podemos quedar únicamente en el mero enfrentamiento, hay que también eliminar situaciones que permiten el fácil reclutamiento de personas. Ahora bien, para todo es menester poner coraje y raciocinio que nos esclarezca.

               Llegará un día en que nuestros descendientes, llenos de vergüenza, recordarán nuestras actuaciones absurdas, incoherentes, crecidas de hipocresía, rayando la estupidez, de deterioro de la calidad de la vida humana, de verdadera degradación social, lo que les servirá para tomar otra hoja de ruta, cuando menos para ser menos deudores de espacios generosos. Personalmente, desde hace tiempo, vengo reivindicando en sucesivos artículos, que es tiempo de acción ante tantas rupturas del ser humano con su hábitat, con su cultura, y también consigo mismo y con su familia. Hoy más que nunca necesitamos buscar esa dimensión interna como antídoto a lo inhumano. La ciudadanía tiene que movilizarse. Cada día se requiere más asistencia humanitaria. En Somalia, las personas han llegado al límite de su habilidad para sostenerse en una situación de sequía extrema. La pobreza del agua potable ahí está, sobre todo en el continente africano, mientras otros lo contaminan todo. Lo mismo sucede con la pérdida de biodiversidad, es necesario invertir mucho más en investigación. No es distintivo de humanos vivir aislados, entre el asfalto y el cemento, privados del contacto físico con la naturaleza, siempre dispuesta a reconstruirnos. A propósito, pienso que lo que nos hace falta es contar con liderazgos éticos que abran caminos de concordia entre unos y otros, también con el entorno, mediante las vías del compartir, antes de que los inexpertos ciudadanos, con su mezquino endiosamiento y mundano modo de proceder, lo destruyan todo.

               De momento, nos llama la atención la pasividad de algunos gobiernos, la debilidad de reacción constructiva, pues antes que el interés económico ha de prevalecer el bien colectivo de todo ser humano. La mejor alianza será aquella que conjuga la coherencia entre comportamientos y lenguajes, que no se duerme e intenta desterrar estilos de vida verdaderamente autodestructivos e irresponsables, donde nadie respeta a nadie, ni a las propias leyes naturales. Es público y notorio que nos falta hospitalidad y nos sobra egoísmo. Esta es la efectiva realidad que nos circunda, y el que no quiera verla es que pasa por la vida sin saber mirar ni ver, imbuido en su exclusivo caparazón, en el que todo, para bien o para mal, germina globalizado, desde los conflictos armados al terrorismo y desde el cambio climático a los flujos migratorios.

               Una humanidad crece cuando sus diversas energías tienden hacia la coordinación, aunque sean por caminos diversos. Cualquier actitud abierta, sin complejos, disponible continuamente, invita al encuentro y esto siempre será benigno para todos. Pensemos que a lo largo de nuestra historia, una generación avanza cuando sus diversas riquezas culturales afrontan el presente, desde el ejercicio constructivo del diálogo en conexión con sus actuaciones conjuntas, porque todos somos ciudadanos del planeta, con capacidad de donarnos y recibir, abiertos a la verdad de la que somos tan buceadores como buscadores. Sin obviar que cada uno de nosotros tiene un variado conjunto de talentos y habilidades que puede enriquecer a las sociedades y fortalecer las comunidades. Dar la bienvenida, por tanto, con los brazos abiertos a la diversidad en todas sus formas refuerza la unión y la unidad, aparte de aportar unos valiosos beneficios. Sin embargo, ¡hay que ver lo que nos cuesta!. Ojalá mirásemos este mundo con ojos más enérgicos, pero igualmente más compasivos.

                             
Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net

 
     
  HAY QUE PONER LÍMITES SOBRE TODO AL PODER  
     
 

               Nuestro mundo se ha convertido en un mar de olas, donde todas están interconectadas, cada una de ellas con su propia identidad, compartiendo marea con las otras, haciendo familia en definitiva. Al mismo tiempo, por desdicha, este cúmulo de ondas en ocasiones germinan violentamente, otras sin latido, desbordadas por la suciedad de una sociedad achaparrada, que no piensa nada más que en el consumo material. Para todo hay que poner límites, si en verdad queremos crecer como especie pensante. La prosperidad no puede ser privilegio de unos pocos. Tampoco podemos seguir desvirtuando lo innato, lo natural, a nuestro antojo. Necesitamos que los vínculos no queden en el vacío, que la economía respete los términos de la sensatez, y que no desfallezca la dependencia del bienestar humano con las relaciones sociales y la justicia.

               El efecto contagio, para bien o para mal, y mayormente con el vehículo de propaganda que son las redes sociales, viene generando una inseguridad sin precedentes, con el consabido sentimiento de desazón, que nos deja sin nervio y, lo que es peor, sin brújula de orientación. Los ataques ya no vienen solo por tierra, mar o aire, también están en la nube, en los ciberataques, que como ha dicho un dirigente de Naciones Unidas, "deberían estar recogidos en la Carta de las Naciones Unidas, en su capítulo VII, que define las amenazas y quebrantamientos de la paz y los actos de agresión". Sin duda, sería un buen avance para la humanidad, al menos yo así lo pienso. Pongamos voluntad y paciencia que lo conseguiremos, máxime sabiendo que el sosiego llega después de amasar mucho amor. Como tantas veces he escrito: Uno tiene que verse en el prójimo para que el mundo cambie.

               Los aires no son muy placenteros que digamos. Todo hay que decirlo. La incertidumbre nos saca de quicio, nos desorienta, de ahí la importancia de frenar aquellos agentes que generan inseguridad. En efecto hay que poner barreras, ya no digo militares, sino también políticas, de cooperación y colaboración, de diplomacia y diálogo en suma. Operaciones que han de ser llevadas a buen término con transparencia, para que el que cometa alguna irregularidad, por leve que nos parezca, se le detenga o cuando menos se le paralice la labor contaminante o corrupta. No podemos continuar en ese afán de derroche, sin pensar en los demás, deshumanizándonos, pues todo está integrado hacia lo armónico.

               La familia, fuente primordial de vida, está constituida en una sociedad y en una cultura que, a su vez, está compuesta por individuos diversos, moradores de un planeta, que nos exige un sistema ecológico vital, respetuoso con aquello que nos rodea. Precisamente, durante el mes de febrero, concretamente el día veinte, celebramos el Día Mundial de la Justicia Social; una onomástica que hoy más que nunca debe hacernos reflexionar a todo el mundo, pues si trascendental es erradicar la pobreza y promover el empleo pleno y el trabajo decente, no menos primordial es achicar las desigualdades, la igualdad entre los sexos y el acceso al bienestar social que todos nos merecemos, por el hecho mismo de ser ciudadanos del planeta.

               Indudablemente, la justicia social es un principio que armoniza, fundamental para la convivencia pacífica y próspera, dentro y entre las naciones. Por eso, es sustancial poner demarcaciones en todo, también al dominio. Para el escritor y teólogo francés, Fénelon (1651-1715), " el poder sin límites es un frenesí que arruina su propia autoridad". Ciertamente, cuando se pierde el ascendente influjo de la valía, es muy difícil dirigir nada, incluso hasta nuestra privativa existencia. Está visto que en todos nuestros proyectos es esencial el trabajo en comunidad, pero los poderosos que suelen ser una minoría privilegiada, tienen que concienciarse de que el poderío también es servicio, entrega y generosidad. No es tiempo de que unos opriman a los otros, sino de la mano tendida para reforzar los niveles mínimos de protección social e incluir a quienes viven excluidos socialmente. Al fin y al cabo, todos somos hijos de la vida, y como tales, hemos de forjar uniones encaminadas a un futuro mejor para todos. No es posible lograr equidad alguna si dejamos en el camino a quienes son explotados social y económicamente. Como tampoco es viable templar superioridad en el pedestal, cuando por ambición se simula ser honrados. Sea como fuere, todos nos merecemos un mínimo de dignidad que nos permita ser algo para poder cuando menos hacer algo, ser dueño de sí mismo, ¿qué menos?. Desde luego, el lenguaje del entusiasmo nos lo valemos porque sí.

               Hay, por otra parte, en algunas cuestiones que no cabe poner límites, por ejemplo a la hora de considerar a todo ser humano más allá de las fronteras ideológicas y confesionales. Dicho lo cual, abatidas las inútiles verjas, es crucial para el desarrollo mundial activar líneas de actuación que nos reconduzcan a planteamientos integradores. La brecha que cohabita entre los más pobres y los más ricos en el mundo ha crecido como jamás, acrecentando de este modo los conflictos violentos que tiene sus raíces en tantas injusticias vertidas, con notoria discriminación y pobreza generalizada. En esto sí que hay que ponerse manos a  la acción y ahondar en la capacidad de discernimiento. Hoy por hoy, en el mercado laboral, los jóvenes, los migrantes, las mujeres y los indígenas son los que más a menudo sufren desempleo. También reciben los salarios más bajos o bien ningún ingreso. Sería bueno, por consiguiente, impulsar la transcendencia de políticas sociales de acceso universal, además de modificar las normas sociales, culturales y políticas, así como revisar las actitudes que perpetúan la marginalidad.

               Es indispensable un cambio para construir sociedades avanzadas libres, inclusivas y equitativas, con vocación ecuménica. Tenemos que despojarnos de toda arrogancia dominadora, que lo único que fomenta es el atropello, en lugar de ponernos en asistencia a todo aquel que nos necesita. Ya lo decía Cervantes en su tiempo: "la ingratitud es hija de la soberbia". En este sentido, no se puede permitir que la República Popular Democrática de Corea, continúe lanzando misiles, violentando resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Este afán de provocación lo que hace es aumentar mucho más la tensión en el mundo. O ponemos límites para ser cumplidos o esta carrera armamentista nos lleva a la autodestrucción.  Yo me quedo con la rogativa de Gandhi: "Mi arma mayor es la plegaria muda".

               Queramos o no admitirlos, en el horizonte de nuestra época, han crecido los signos de muerte, hasta el extremo de quitar la vida a los seres humanos aún antes de su alumbramiento, o también antes de que lleguen a la meta natural del anochecer. Aquellos que aglutinan el poder debieran pensar en esto, puesto que son responsables de esta cultura dominadora, endiosada, omnipotente, que ni escucha, ni acoge. En cualquier caso, y a pesar de tantos acontecimientos dolorosos que a diario nos sobrecogen, no podemos dejarnos invadir por el desaliento, tenemos una historia detrás, y un camino recorrido, que debe ayudarnos a promover un diálogo sincero que nos fraternice. No será fácil, pero tampoco es imposible, a poco que avivemos el encuentro, apoyándose en el sentido común, sabiendo que ingresar en el terreno de los hechos es asociarse al mundo de los límites. Verdaderamente, la naturaleza impone sus propias leyes. No juguemos, en consecuencia, con armas, porque al fin alguien las utilizará en contra nuestra. El que avisa no es traidor. Dicho queda.

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net

 
     
  LA FUERZA HUMANITARIA HA DE SER COMPASIVA  
     
 

               Hoy más que nunca necesitamos caminar juntos al encuentro de culturas, compartir vivencias y facilitar la convivencia, comprometernos en la unión y velar por la unidad, por el bien colectivo global. Esto exige la cooperación de todos los seres pensantes, el auxilio de todas las sabidurías, el entusiasmo por cohabitar realizados, pues a un gran espíritu todo le afana y desvela. En su lenguaje de acción no vive la indiferencia. Sabe que, en toda época, hay mucho que forjar y lo concibe como parte de su presencia. Esta ha de ser la línea de trabajo, el tesón y la constancia por un mundo más equitativo, donde nadie quede excluido, confiando ciegamente la solución al libre desarrollo de las fuerzas del mercado. Sin duda, este camino de prerrogativas para unos y de gravámenes para otros, es equivocado. Bajo esta ideología dominante, del capitalismo salvaje, la fuerza humanitaria se aletarga por intereses; utiliza a las personas sin miramiento alguno, y cuando ya no son productivas las descarta.

               Precisamente, este abandonar vidas humanas ha injertado socialmente una regresión sin precedentes, con la consabida deshumanización de cualquier estructura política, económica, social, y hasta religiosa. Desde luego, hemos de impulsar otros horizontes más abiertos, que nos faciliten un hermanamiento, promoviendo una globalización cooperativa. Está bien que los líderes se unan y trabajen en conjunto, como lo han hecho los ministros de Educación de América Latina y el Caribe, reunidos en Buenos Aires, para instar a las autoridades de la región a impulsar al sector educativo como una vía para alcanzar el desarrollo y lograr una mejor vida para todos. Yo también creo, que la educación debe repensarse mucho más, sobre todo para que esté orientada hacia lo armónico, la ciudadanía mundial y los derechos humanos.

               No podemos permanecer pasivos ante la triste frialdad de los acontecimientos. El corazón bienhechor, en su verdad, calienta y respira de otro modo. Sólo así podremos tener el coraje de propagar la compasiva fuerza humanitaria, liberadora de tantos sufrimientos, que germina de la marginación, de la explotación y de la paranoia humana. Ciertamente, se requiere de otros bríos, más auténticos, de respuesta contundente a tantas injusticias, como es la de ignorar a las multitudes que continúan viviendo en la pobreza material y moral, sin apenas hacer nada por ellos. Cualquier gesto que nos active el alma en beneficio de nuestros análogos, debemos aplaudirlo, vociferarlo, extenderlo. Escondernos en la insensible pereza, mientras no nos toque de lleno, ni nos molesten, es una manera ruin de transitar por la vida. Somos así de estúpidos. Hace tiempo que deberíamos haber despertado. A los poderosos del planeta hay que pedirles un acto de humildad, para que reconozcan este ambiente de desigualdades creado por ellos mismos.

               Ya está bien de endiosamientos, de no compadecerse por aquellos que sufren las inútiles contiendas, por el desplazamiento forzado o la separación de sus familias. Indudablemente, hemos de dejarnos ayudar, incluir el ejercicio del acompañamiento en nuestro itinerario existencial, en lugar de volvernos locos con los cierres de fronteras, que lo único que hacen es enfrentarnos más unos con otros. Quizás tengamos que aprender a anteponer las necesidades de los descartados a nuestro bienestar egoísta. Esta es la compasión, mucho más que sentir piedad, es ponerse en el lugar del otro, sufrir con el otro.

               Ahí están los gritos de cientos de refugiados y migrantes al ser trasladados desde albergues informales a hoteles y apartamentos en el Norte de Grecia, como parte del comienzo de una operación conjunta de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) y las autoridades griegas. "No sé cómo describir la diferencia de donde estábamos, almacenes abandonados sin calefacción, a donde estamos ahora. Pensamos que nunca pasaría. Las memorias de esos días estarán siempre en nuestra mente, fue una temporada muy difícil”, afirmó Rula Manan, solicitante de asilo político siria, quien vivió con su familia en un depósito por más de siete meses. Ante estas penurias, solo cabe pensar una cosa, que aún no hemos aprendido a amarnos. Tal vez sea el desafío que el futuro nos pone en nuestras manos; puesto que si fundamental es pensar, no menos sentir y sobre todo hacer porque sí, ¡donándonos!
 
Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net

 
     
     
  LOS GRANDES RIESGOS ACTUALES  
     
 

 

               El gran riesgo del momento presente, con su variada y cargante oferta de pérdida de valores humanos, radica en los sembradores del terror, en la enfermiza atmósfera de infidelidades y venganzas, en esa angustia que brota de tantos corazones revestidos por el odio, a los que suele faltarles vida interior y otro entusiasmo más bondadoso. Por eso, necesitamos más tiempo para nosotros, para reflexionar y despojarnos de cualquier resentimiento. Sabemos que es la hora de la acción, pero también la etapa del libre pensamiento, de renovarnos por dentro, de abrazar otros espacios más gozosos. Quizás tengamos que cambiar de estrategia y rescatarnos a nosotros mismos, para poder levantar el ánimo y volver a caminar con la alegría de siempre.

               En este sentido, veo como un gesto esperanzador que el recién nombrado Secretario General de la ONU, António Guterres, haya establecido un equipo de tareas de alto nivel para que desarrolle con carácter urgente una destreza clara y nueva para mejorar el enfoque de la Organización en materia de prevención y respuesta al abuso y la explotación sexual en todo el sistema de Naciones Unidas. Desde siempre se ha dicho que es mejor prevenir que curar. En cualquier caso, en septiembre de 2016, el informe anual de su predecesor,  Ban Ki-moon, detalló 69 acusaciones de agresiones y explotación sexuales formuladas contra militares de la ONU de 21 países. Posteriormente, a mediados de diciembre esa cifra había ascendido ya a 82 denuncias, recogidas en la página web del Departamento de Mantenimiento de la Paz de la ONU. Aunque les cueste a las fuerzas de mantenimiento de la paz admitirlo, las denuncias de maltrato sexual se producen y, por consiguiente, los Estados tienen que aportar los recursos suficientes para perseguir a los acusados. Es otro riesgo que ha de subsanarse, con prontitud y eficacia.

                Nos hace falta, desde luego que sí, reconocernos recíprocamente para hallar el bien. Pongamos toda la audacia posible, hagamos memoria y actuemos acorde con los rectos juicios, pues los peligros nos afectan a todos y, entre todos, hemos de buscarle la solución. Tendremos que salir de nosotros mismos, de la comodidad en la que estamos atrapados, de nuestro egoísmo, vivero de los grandes perversos, y hacer que este impulso liberador, innato en cada individuo, sea cada vez más intenso, generoso y fecundo. No podemos continuar batallando, más bien hemos de alcanzar  otros ambientes más tranquilizadores, de mayor dimensión humana. Tampoco olvidemos que cualquier acto de terrorismo, o de abuso sexual, se fundamenta en el desprecio de toda vida, de toda especie; intentando modificar, de este modo, nuestro modo de comportarnos, activando abecedarios de miedo, incertidumbre y división. De ahí lo importante que es la unión y la unidad, en todo y para todo.

               Nos alegra, igualmente, que frente a esta alarma de pavor, la Comisión Europea haya adoptado una serie de medidas para fortalecer la capacidad de lucha, sobre todo, contra la financiación del terrorismo y el crimen organizado. Ojalá, por otras latitudes planetarias también se activen estas cooperaciones preventivas. Puede que la localización de los flujos financieros sospechosos, y cortar las fuentes de financiación, sea una de las formas más efectivas para detener posibles ataques fanáticos y actividades criminales. El seguimiento de los flujos financieros, además, puede proporcionar a la policía y a los servicios de seguridad, información crucial y herramientas eficaces para sus investigaciones.

               En este momento, de tanto aluvión de pánico, me viene a la memoria aquella peregrinación a Tierra Santa, con ocasión del cincuenta Aniversario del Encuentro en Jerusalén, entre el Papa Pablo VI  y el Patriarca Atenágoras (24-26 de mayo de 2014), la visita al Memorial de Yad Vashem, en el que el Papa Francisco subrayó con mucha humildad que el terrorismo "es una calle sin salida". Justamente, lo es. Hemos venido al mundo para ser constructores, no destructores. Recapacitar, en efecto, será curativo; así como observar el camino recorrido, la estela dejada por nuestros ascendientes.

               Téngase en cuenta, que una reflexión profunda siempre nace despojada de doctrina. Esto viene bien considerarlo, en un mundo en el que todo se trata de imponer a fuerza de insistencia, para que no consideremos lo esencial. Tanto es así que, en ocasiones, andamos cegados por las políticas, pues son muchos los predicadores que falsean la realidad. Suelen dejar de lado a las gentes que caminan desesperadas, sin ilusión. Sería bueno, por tanto, recuperar la dignidad de toda persona, el respeto y la consideración por toda existencia. En muchos países del mundo, aún hoy, las personas pueden ser condenadas a cadena perpetua por delitos cometidos cuando eran menores de edad. Tantas veces se nos borra la retentiva de pensar que un niño primero es un niño y luego un inmigrante o refugiado, que debiéramos reconsiderar nuestros modos y maneras de vivir. Con dureza, todavía, tenemos que decir ¡no a una economía de privilegios para algunos y de exclusión para otros!.

               Ya está bien de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al débil, como en la prehistoria de nuestra época. No hace falta que nadie devore a nadie. Es otra de nuestras grandes asignaturas pendientes. Todos hemos de ponernos a la misma altura de la mesa. Tras esta actitud se esconde un rechazo a la humanidad en su conjunto, a cualquier ética o moral, ya que todo queda supeditado al dinero y al poder. Continuamos igual que nuestros predecesores, tropezando en la misma piedra, en la del dominio, en lugar de ponernos en disposición de ayuda. Por si fuera poco este clima de deshumanización, la violencia es un mal fuertemente enquistado en todo el orbe.

               Por desgracia, somos una generación irrespetuosa, ya no sólo con nuestros semejantes, también con nuestro propio entorno. A propósito, se comenta, que el nivel del mar puede llegar a remontar un metro este siglo, con un impacto desastroso para todos los seres vivos. Llegados a este horizonte, deberíamos repensar lo que en su trecho dijo también Gandhi, al respecto de la naturaleza humana, recordándonos que "la Tierra nos proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no la avaricia de todos". A renglón seguido, con la coherencia que le caracterizaba, animaba a ser "el cambio que deseamos ver en el mundo". Ciertamente, todo depende de nosotros, de nuestra manera de entender y comprender la existencia humana. Ahora, cuando estamos tan saturados de información, que no de formación, convendría reivindicar una educación que enseñe a desintoxicarnos de tantas doctrinas impuestas. En consecuencia, hemos de dilucidar y ser más críticos a la hora de pensar. Únicamente, de este modo, podremos avanzar hacia un camino de maduración en valores, donde los deberes fluyan en el mismo paralelismo que los derechos. No tiene sentido esta desvinculación de unos para con otros que, en el caso de la familia, genera un sentimiento de frustración y desencanto que nos desnaturaliza totalmente.

               Para más dolor generacional, cohabita una cultura mediática absurda y unos ambientes intelectuales mezquinos, acomplejados y sin convicción alguna, que apenas aportan nada a los grandes riesgos actuales. Sálvese el que pueda. Consecuentemente, en lugar de avanzar, cosechamos un espíritu de derrota que nos convierte en seres desencantados y aburridos. Deberíamos ser más quijotes, más entusiastas, menos egocéntricos, más personas de coraje colectivo a las que les afana el culto por lo auténtico. La hipocresía es otra de las enfermedades con la que convivimos. Al fin y al cabo, uno tiene que dejarse conmover por la verdad, indagando por los sentimientos y pensamientos de nuestras habitaciones interiores, analizando y buscando la palabra exacta, con un oído en el pueblo y otro dentro de sí, cuando menos para mejorar nuestro acompañamiento, con la realidad como idea y con el diálogo como contexto, para lograr un mundo más seguro, saludable y pacífico, para todos.

 

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net